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La generación que nunca descansa

En los pocos momentos de paz que tienes decides entrar a tu móvil a ver Instagram un rato. Te encuentras con que esa vieja compañera de curso está haciendo prácticas en el trabajo de sus sueños.

En los pocos momentos de paz que tienes decides entrar a tu móvil a ver Instagram un rato. Te encuentras con que esa vieja compañera de curso está haciendo prácticas en el trabajo de sus sueños, que aquel extraño que cotilleas hace años ya se comprometió, que tu ex novio si logró jugar en primera división y que tu amigo, el músico frustrado, al final si pegó una canción.

Entras a LinkedIn a ver si hay updates en esa candidatura que llevas días esperando que se actualice, y nada. Y te empiezas a preguntar, si esa vida que llevas años soñando algún día va a poder ser realidad.

Y justo en ese momento entra la culpa. La culpa de no sentir que estás logrando o avanzando lo que deberías, que por mas que lo intentes, siempre hay alguien un pasito más allá que tu.

Porque en nuestra generación, tengas 19 o 25, la presión constante de lograr algo está siempre presente. El sentir que te quedas atrás, que tal vez soñaste mucho con algo y no va a poder ser. Te frustras, piensas en los proyectos sin ejecución que llevan años en tu cabeza, aquel podcast que no se dió, las ideas que tenías para empezar a grabar contenido o la página web que nunca supiste desarrollar.

En tus padres, y lo mucho que han invertido en ti y en tu futuro ¿Pero de qué futuro estamos hablando?

El proceso cansa, el esperar a que las oportunidades salgan mientras el mundo sigue girando, y el hecho de que eso nunca va a acabar. Porque si llegas a lograr lo que tanto ansiabas, vas a querer un ascenso, si consigues al amor de tu vida, siempre veras a alguien que pareciera que lo quieren más. Tu vida siempre podría ser mejor.

Porque a eso nos presionamos, la ambición no debería ser mala, nos debería motivar a seguir avanzando. ¿Y de él estar estancado quién te saca? De el pensar que nunca nada es suficiente.

Le atribuyo esto a las redes sociales, a la vida perfecta. Que aunque los creadores de contenido intenten mostrar su lado más humano, siempre acabamos viendo sus viajes, sus relaciones y sus éxitos. Y no los culpo, con nuestras cuentas privadas generamos exactamente lo mismo.

El proceso cansa, pero también construye. la ambición te ha estado llevando a donde estás ahora. ¿Cómo hacemos para dejar que sea tóxico?

¿En algún momento nos abandonará el insomnio que nos desvela pensando en lo que hubiera podido ser?

Fuente: freepik.es
Fuente: freepik.es

Al final, lo único que nos queda es aferrarnos a esos sueños, y esperar a que un día, el trabajo duro y los pequeños pasos nos ayuden a llegar a la meta. Y entender que tus primeros 5 km se pueden sentir igual de satisfactorios que el primer maratón de alguien más.

Entender que no todo avance es visible, que hay movimientos internos que no se publican, pero que sostienen todo lo demás. Que cada intento fallido, cada idea que no salió, cada noche de duda también forma parte de la construcción. No estamos tarde. Estamos en proceso. Y el proceso, también es vida.

Quizás crecer no sea alcanzar una meta definitiva, sino reconciliarnos con nuestro propio ritmo. Aceptar que habrá meses de impulso y otros de pausa, y que ambos son necesarios. Que el éxito de otros no invalida el tuyo, y que si hoy decides cerrar el móvil un poco antes de dormir, respirar hondo y reconocer lo que sí has logrado, aunque sea pequeño, ya estás rompiendo el ciclo. Tal vez la generación que nunca descansa solo necesita permiso para hacerlo.

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