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La novia de Frankenstein o la moderna Galatea

Como cualquier situación social, política o cultural, el arte, sea del tipo que sea, lo refleja. Por lo que la literatura y el cine están plagados de historias de amor que esconden un componente misógino mucho más profundo del que pensamos

El papel de las mujeres en la historia ha estado definido por el de los hombres. Ellas no eran ellas, sino la madre, la hija, la esposa o la esclava de un hombre. Durante el franquismo, hace cincuenta años,  las mujeres no podían viajar, trabajar o abrirse una cuenta bancaria sin el permiso de su padre o su marido. Su autonomía —por ende, su vida— estaba delimitada por una autoridad y unos deseos ajenos a ellas, pero que, sin duda alguna, limitaban sus experiencias vitales. De esta forma, las mujeres eran una pertenencia más de los hombres, como si hubiesen sido creadas para ellos. Un Adán y Eva perpetuado a lo largo de los siglos.

Afortunadamente, en la cuarta ola feminista, la lucha no se focaliza en conseguir unos derechos básicos, sino en mantenerlos, puesto que, como dijo Beauvoir, «bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Aún así, cada día ocurren innumerables injusticias causadas por la misoginia y el patriarcado, desde el trato desigualitario hacia hombres y mujeres en contextos académicos, profesionales o institucionales hasta la violencia de género. Por supuesto, todo esto también se ve reflejado en el arte, como cualquier otra situación social.

Cuando el monstruo de Frankenstein demandó una compañera a su creador y este se la negó, en realidad, también evitó que una mujer no tuviera ninguna identidad más allá de la de ser la novia de. Porque Frankenstein tiene una identidad e historia propias, pero su novia, una mujer creada para él, no. Es una decisión profundamente feminista. Por eso, la película The bride! es, cuanto menos, decepcionante. En esta ocasión la petición de Frankenstein se cumple y junto con una científica desentierran un cadáver y lo resucitan. Una vez despierta, sin darle tiempo a asimilar nada de lo que ha ocurrido, la llaman la novia de Frankenstein. Ella no recuerda nada y ellos le mienten. Le dicen que ha sufrido un accidente, le dan un nombre falso y se inventan las respuestas cuando pregunta por su propia vida, ya que no se acuerda. Siente que algo no encaja. Tiene breves recuerdos, sensaciones de una vida pasada. De su vida antes de morir. Finalmente acaba descubriendo toda la verdad y se enfada, claro, pero, al fin y al cabo, termina aceptando su papel como la novia de Frankenstein, que es para lo que había sido creada.

Escena en la que resucitan a la novia. Foto: Los Angeles Times
Escena en la que resucitan a la novia. Foto: Los Angeles Times

Ocurre algo parecido con Passengers. La historia se sitúa en una nave espacial en la que todos están en una especie de hibernación para llegar al planeta Homestead II, que está a unos 120 años de la Tierra. Pero algo falla y nuestro protagonista se despierta 90 años antes de tiempo. Por lo que él, sintiéndose solo, elige a una de las mujeres que también hibernan y la despierta. La condena a vagar por el espacio hasta que muera. Porque que él se despertara fue un accidente, un fallo técnico, pero que ella lo hiciera fue una decisión de él, que no le correspondía tomar. Fue un acto egoísta y, una vez más, se muestra cómo los deseos de un hombre prevalecen a los de una mujer, robándole su autonomía y construyendo su personaje alrededor del de él.

Por otra parte, Ovidio relata en las Metamorfosis cómo Pigmalión rechazó a todas las mujeres existentes por no considerarlas lo suficientemente buenas y cómo esculpió a Galatea, su mujer ideal. Se enamoró de ella a pesar de no ser más real que un trozo de marfil y plegó a los dioses para que le dieran vida. Afrodita, compadecida de él, lo hizo realidad y convirtió a Galatea en una humana que, casualmente, terminó enamorada de Pigmalión, su creador. El mito termina con ellos dos casándose y teniendo una hija. Se ignora así lo perturbador que resulta pensar que la figura de Pigmalión corresponde a la paterna con Galatea y que este la ha creado siguiendo sus deseos, independientemente a los de ella. Por lo que su mera existencia se basa en la de él.

Pygmalion et Galatée, de Jean Léon Gerôme. Foto de Historia Arte (HA!)
Pygmalion et Galatée, de Jean Léon Gerôme. Foto de Historia Arte (HA!)

Pero la idea de convertir a una mujer en el ideal masculino no se queda solo en la mitología griega,  sino que en numerosas historias contemporáneas se relata cómo el personaje femenino transforma sus gustos, estilo y forma de relacionarse con tal de complacer a un hombre. Historias como Grease o como Pretty Woman, donde ellas modifican sus vestimentas y actitudes para encajar en el mundo de ellos, son el ejemplo perfecto de esto.

Por supuesto, todas estas transformaciones, estas creaciones, se justifican con el amor. Como si este no pudiese producirse en otras circunstancias que no fuera la anulación de la mujer para satisfacer al hombre. Como si el amor no pudiese basarse en un principio de respeto e igualdad, donde los implicados tuviesen su propia identidad sin depender del otro. Como si eso no fuera mejor que la posesión y la imposición a nuestra pareja a ser como nosotros queramos que sea. Como si ese ideal romántico no estuviera basado en un principio tóxico profundamente arraigado en nuestra sociedad.

Mary Shelley dio vida a un monstruo mucho más humano que su propio creador. La criatura sentía y la autora hizo de la soledad su verdadera acompañante. El monstruo de Frankenstein, con su petición de crear una compañera, solo era un reflejo del miedo a estar solos, del no saber estar solos. Y, sin embargo, esto, lejos de ser una justificación, es un problema que se ha romantizado durante demasiado tiempo. E ignorando cuál es la solución, sé con certeza, que subordinar a alguien a los propios deseos, y condenarla así, no lo es.

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