top of page

Torrente Presidente: ¿Funcionó la estrategia más loca del cine español o fue un suicidio creativo?

Ocho días después del estreno, analizamos si el anti-marketing Santiago Segura ha tenido éxito


Póster oficial de Torrente Presidente, acompañado solamente del título. Fuente: Sony Pictures Spain
Póster oficial de Torrente Presidente, acompañado solamente del título. Fuente: Sony Pictures Spain

Santiago Segura lo tenía claro: Torrente Presidente no necesitaba pósters, grandes tráilers ni pases de prensa. Según él, la película podía venderse sola, como si fuera un gran evento de franquicia. Aunque su promesa no se cumplió del todo —sí hubo teasers, presencia en medios y acciones promocionales, aunque sin mostrar apenas imágenes—, el director nunca había defendido con tanta convicción una idea tan arriesgada: que los primeros en ver la nueva entrega de Torrente fueran los espectadores y no los críticos, ni la prensa especializada, ni el ecosistema promocional habitual.

Desde Pasapalabra, Segura explicó así su postura: «Las películas, los primeros que la ven son los críticos, la prensa especializada, los famosetes que se dejan ver en la alfombra roja y yo lo que quiero es que los primeros que vean Torrente Presidente sea el público». La decisión encendió un pequeño incendio con parte del sector crítico, que interpretó el gesto como una declaración de guerra. Pero la indignación de ese sector no impidió que la película arrancara con cifras descomunales.


Unos números gigantescos

La preventa de entradas comenzó el 13 de febrero, un mes antes del estreno. En total, más de 150.000 entradas fueron vendidas, según datos de Sony Pictures Spain y Comscore. Algunas salas registraron un sold out parcial semanas antes del lanzamiento, algo poco habitual para una producción española fuera de fechas navideñas o fenómenos concretos.

Los datos iniciales ya apuntaban a un arranque enorme, pero el primer fin de semana confirmó que no se trataba solo de ruido. El viernes, a falta del cómputo de más de 40 cines, Torrente Presidente alcanzó los 2,3 millones de euros de recaudación, con casi 300.000 espectadores en un solo día. La media fue de 6.470 euros por sala y, según las primeras estimaciones, ocho de cada diez espectadores que entraron en un cine eligieron la película de Segura.

Al cierre del fin de semana, la comedia había recaudado 7 millones de euros. El sábado fue su mejor jornada, con 2,5 millones, y el total rondó los 900.000 espectadores. La media por pantalla, de 18.700 euros según Comscore España, la situó inmediatamente entre los grandes estrenos nacionales de todos los tiempos. De hecho, se convirtió en el cuarto mejor estreno español de la historia, solo por detrás de Lo imposible (2012), Torrente 4: Lethal Crisis (2011) y Torrente 3: El Protector (2005). En términos puramente comerciales, la estrategia ya ha ganado su primera batalla.


El verdadero lujo de Segura

Hay otra cuestión clave: esta estrategia no habría funcionado igual en manos de casi nadie más. El verdadero activo de Torrente Presidente no era únicamente la saga, sino la figura pública de Santiago Segura.

Segura actúa al mismo tiempo como director, actor, rostro mediático, vendedor de su producto y generador de titulares. Su omnipresencia televisiva y radiofónica le permite hacer promoción incluso cuando afirma estar rechazando la promoción tradicional. Sabe colocarse en el centro de la conversación, medir la provocación y conectar con un público que siente que el cine español más institucional o prestigioso no le representa.

Por eso conviene matizar una conclusión tentadora: esto no demuestra que el marketing ya no haga falta, sino que una marca extremadamente consolidada puede permitirse rediseñarlo a su favor. Lo que para otro director habría sido invisibilidad, en el caso de Segura se convirtió en ruido.


Entusiasmo por el cuñadismo

La saga Torrente acumula más de 80 millones de euros y entre 13 y 16 millones de espectadores en sus cinco entregas anteriores. Son cifras propias de un taquillazo de Hollywood, algo casi insólito en el cine español contemporáneo. Pero su permanencia no se explica solo por la nostalgia o por la fidelidad franquiciada. Torrente sigue funcionando porque, para muchos, es también una caricatura reconocible del país.

José Luis Torrente exagera de forma grotesca una serie de arquetipos profundamente españoles: el machista, el cuñado, el corrupto simpático, el patriota rancio, el oportunista, el populista de bar. Su fuerza está en que no es simplemente un personaje cómico, sino un compendio de vicios nacionales llevado hasta el esperpento.

Santiago Segura en el estreno de Torrente Presidente en Madrid. Fuente: GTRES
Santiago Segura en el estreno de Torrente Presidente en Madrid. Fuente: GTRES

Ahí reside la paradoja que sostiene toda la saga: Torrente es una burla del peor español posible, pero también un producto profundamente querido por una parte de España. Muchos espectadores se ríen de él; otros se ríen con él; y algunos, quizá sin admitirlo del todo, lo usan como una vía para canalizar malestares, frustraciones y pulsiones que sienten excluidas del discurso cultural dominante.

Ese carácter antiélite ha sido una de las claves del fenómeno. Su humor sin filtros, directo y deliberadamente incorrecto conecta con un público amplio que considera que buena parte del cine español “serio” o “subvencionado” no le habla a ellos. Torrente, en cambio, presume de no pasar por festivales, por prestigios heredados ni por el beneplácito crítico. Se presenta como cine popular en el sentido más brutal del término.


Torrente y el momento político

Esta sexta entrega, además, llega en un contexto especialmente propicio para su universo. El ascenso de la ultraderecha, la corrupción estructural, la crispación política y la degradación del discurso público son elementos muy presentes en la conversación española actual. Segura los incorpora en Torrente Presidente y reactiva así una dimensión que siempre ha acompañado a la saga: la de funcionar como espejo deformante del país.

La gran pregunta es si la película satiriza de verdad estas corrientes o simplemente se alimenta de ellas como decorado reconocible. Torrente siempre ha jugado en esa ambigüedad. Su fuerza no está en el análisis fino ni en la sátira sofisticada, sino en el brochazo grueso, en el exceso, en el gag que caricaturiza un clima social entero. Por eso conecta tan bien con el debate público español: porque simplifica, exagera y convierte en chiste lo que fuera de la pantalla ya parece muchas veces una parodia de sí mismo.


Polémicas

La ausencia de un pase de prensa previo derivó en una situación poco habitual. La crítica especializada acudió a la primera proyección de la película, celebrada en sesión matinal a las 12:00 en los cines de La Vaguada. A partir de ahí, las primeras críticas comenzaron a publicarse a la hora de comer y algunas incluyeron detalles sobre cameos y sorpresas narrativas que muchos espectadores preferían descubrir por sí mismos.

Segura reaccionó con dureza. En una entrevista en COPE fue contundente: «Qué ganas de fastidiar a la gente». Resumió el conflicto con una frase igual de explícita: «Si lees los comentarios al titular, parecéis carroñeros; me habéis reventado la película». Y remató con su diagnóstico: «Creo que ha sido una vendetta: están rabiosos porque no se ha hecho de forma convencional y no se les enseñó la película primero».

Más allá del tono, el episodio revela algo interesante: el enfrentamiento con la crítica no perjudicó a la película; probablemente reforzó su relato. En lugar de aparecer como una producción escondida por miedo, Torrente Presidente se presentó ante parte del público como una obra asediada por los guardianes del sistema cultural. Esa narrativa encaja perfectamente con la identidad pública de Segura y con la imagen antiinstitucional que la saga ha cultivado durante años.

A esa polémica se sumó Jordi Évole, criticado por publicar desde el cine un vídeo grabando la secuencia inicial de la película, una práctica que no solo arruina la experiencia ajena, sino que puede constituir una infracción de la propiedad intelectual. En una campaña basada precisamente en el secreto y la sorpresa, ese tipo de gestos adquiere aún más peso.


Entonces, ¿genialidad o suicidio creativo?

A corto plazo, Torrente Presidente demuestra que no ha sido un suicidio, sino una jugada comercialmente brillante: Santiago Segura ha convertido la falta de promoción convencional, la polémica y el choque con la crítica en parte del atractivo de la película. Pero su éxito no establece una fórmula general, porque no se sostiene solo en el misterio, sino en algo mucho más difícil de replicar: una saga histórica, un personaje icónico, una audiencia fiel y un creador con enorme tirón mediático. El experimento confirma, por un lado, que el público sí responde al cine español cuando siente que se le habla sin filtros ni solemnidad, y por otro, que muy pocas películas pueden permitirse un desafío así sin volverse invisibles. Más que inventar una nueva norma, Segura ha demostrado que juega con ventaja en una excepción.



Comentarios


Ya no es posible comentar esta entrada. Contacta al propietario del sitio para obtener más información.
bottom of page