Ángel Bahamonde: ¿Por qué la guerra en España?
- Carlos de Francisco Cañón

- 15 mar
- 4 Min. de lectura
El catedrático emérito expuso, en una conferencia organizada por la Asociación de Historia el pasado 10 de marzo, las causas de la guerra civil española de 1936-1939, cuando se conmemoran los noventa años del inicio de la contienda.

Ante un público formado por alumnos de todas las edades, el historiador Ángel Bahamonde pasea por el salón mientras traza el esquema de lo que va a ser su conferencia. El catedrático emérito de la Universidad Carlos III asemeja la Guerra a un «río Ebro», en un símil que recuerda a la sangrienta y decisiva batalla librada a orillas de dicho río en 1938. Los afluentes que vierten sus aguas en él son muchos: algunos con un gran caudal, otros son apenas arroyos, pero también influyen en el resultado final. Se propone como objetivo ir analizando estas causas para entender cómo pudo nuestro país sumirse en la tragedia que fue la Guerra de España.
El camino a 1936
En primer lugar, centra la atención en los antecedentes. Es común referirse a este conflicto como la Guerra Civil por antonomasia; sin embargo, lo cierto es que fue un capítulo más de la serie de guerras civiles iniciada en el siglo XIX. Desde la que Bahamonde denomina «Guerra del Francés», más conocida como la Guerra de la Independencia, pasando por las tres guerras carlistas, hasta las guerras de secesión de Cuba, que era provincia española por entonces.
Esta situación de conflicto favoreció la frecuente intervención de los militares en la política, un factor que será una constante durante todo el siglo y hasta 1936. El conferenciante señala este papel fundamental del Ejército en la construcción de la nación, y pone como ejemplo de su importancia la elección de los nombres de las calles de Madrid: Serrano, O’Donnell o Espartero cuentan con grandes avenidas, mientras Lope de Vega se conforma con una modesta calle secundaria. El Ejército español desarrolló una cultura política propia en la que se percibía a sí mismo como la «columna vertebral» de la nación, antes que como un cuerpo sometido al poder civil, como trató de configurarlo la República.
Señala también el impacto de los cambios sociales vividos durante el primer tercio del siglo XX, como el fenómeno de la sociedad de masas: las clases trabajadoras y las incipientes clases medias comenzaron a ejercer un contrapoder que no existía durante la anterior centuria, lo que elevó la conflictividad y dificultó gobernar a la antigua usanza. Por último, no es posible entender el periodo en que se desarrolla la Segunda República sin tener en cuenta el impacto que tuvo la gran crisis económica de 1929.
No sólo una guerra civil
También es indispensable acercarse a la situación internacional de la década de los 30. Valiéndose de un mapa, Bahamonde muestra a la audiencia cómo, para 1936, sólo se cuentan dos democracias verdaderamente estables en Europa; el resto de países se encuentran bien bajo regímenes autoritarios o fascistas, bien bajo democracias agitadas por profundos conflictos sociales. Mussolini llevaba 14 años gobernando, en 1933 Hitler había sido nombrado canciller, en 1934 las ligas fascistas habían intentado tomar el poder en Francia, y en Austria se había instaurado una dictadura corporativista. Sin duda, la democracia no pasaba por su mejor época en el continente europeo.
Por todo ello, Ángel Bahamonde propone que, frente a la tópica pregunta de ¿cómo es posible que Hitler llegase al poder?, sería más útil preguntarse ¿por qué nadie lo impidió? En toda Europa existía un gran temor al comunismo tras el triunfo de la Revolución Rusa: el modelo nacionalsocialista era envidiado por muchos, pues a la vista estaba que había logrado reprimir la agitación obrera e instaurar un orden firme. La frágil República española instaurada en 1931 no podía sustraerse a estos vientos autoritarios.

Sin la perspectiva internacional no se entiende lo que significó verdaderamente la Guerra de España. Sostiene Bahamonde que, si bien el modo en que se libró la contienda fue más similar a la Primera Guerra Mundial, ideológicamente fue la primera batalla de la Segunda. El historiador sorprende a la audiencia afirmando que el golpe de Estado habría sido derrotado en apenas unas semanas de no haberse producido la intervención extranjera. La República contaba, para el 20 de julio de 1936, con la totalidad de las zonas industriales de España y las principales ciudades del país. Los autoproclamados «nacionales» no podían librar una guerra moderna con sus propios recursos; no es hasta la llegada de la ayuda italiana y alemana cuando los sublevados comienzan a avanzar. Sin embargo, esta intervención no habría sido suficiente, reconoce, si no se hubiera producido el hundimiento del Estado en la zona leal al Gobierno. La República se desintegró en una miríada de grupos políticos armados que libraron la guerra por su cuenta, sobre todo en los primeros meses.
Una guerra con muchos apellidos
Define Bahamonde la naturaleza del conflicto diciendo que fue una guerra «religiosa, agraria, militar desde un punto de vista sociológico e internacional». Cada una de estas dimensiones sirve para explicar el génesis de la contienda. «Las conspiraciones contra la República comenzaron el mismo 14 de abril», declara. A su juicio, las pequeñas conjuras de los diferentes grupos opuestos al nuevo régimen fueron uno de los principales «afluentes» que desembocaron en la guerra. El clima de violencia se fue alimentando en torno a una serie de círculos intelectuales, como Acción Española, que reivindicaban la identidad católica como parte inseparable de la esencia de España.
Tras finalizar su exposición, se abre un turno de preguntas de los asistentes, que plantean cuestiones como el proceso de nacionalización en España en comparación con otros países o la conveniencia de hablar de causas a largo plazo que llevaran a la Guerra. A este respecto, puntualiza que es incorrecto afirmar que la guerra fuera inevitable, pues todo evento histórico es contingente, sostiene el catedrático emérito. Los españoles de entonces no podían conocer lo que estaba por ocurrir, por lo que un historiador debe tratar de explicar los procesos históricos partiendo de esa perspectiva; de lo contrario, estaríamos asumiendo que la Guerra de España fue una tragedia predestinada, y no un evento histórico del que todavía queda mucho por estudiar.




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