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Mauritania: Esclavos del desierto

Vista de Nuadibu, Mauritania
Vista de Nuadibu, Mauritania

Hace un mes viajé hasta Dakhla (ciudad del Sáhara Occidental actualmente ocupada por Marruecos) y crucé la frontera a Mauritania por Guerguerat, único punto de paso abierto y desde hace pocos años controlado también por autoridades marroquíes. Escenario de tensiones pasadas y presentes entre tres actores distintos: Marruecos, el Frente Polisario y Mauritania. En este artículo cuento lo que vi y viví en un viaje de una riqueza humana, cultural y social enorme, desde la perspectiva de un extranjero occidental por primera vez en el Sahel.

El momento del cruce es el más delicado del viaje, tanto en la ida como en la vuelta. La policía marroquí es seria. Tampoco hay bromas entre los pasajeros del autobús cuando atravesamos los 5 kilómetros de tierra de nadie entre ambos puestos. Señales a ambos lados de la precaria y estrecha pista asfaltada advierten de manera muy gráfica que el terreno más allá de esta se encuentra minado. Si el peligro es real o simplemente una estrategia para ejercer un mayor control sobre el paso, queda a la imaginación del que cruza, porque nadie está dispuesto a comprobarlo.

El puesto mauritano contrasta en su simpleza con el del país norteafricano. Y en su caos. Tras 3 horas de espera, sellos, preguntas y gestiones, todo parece estar en orden, y llega el momento de montar en la furgoneta que nos llevará a Nuadibú, capital comercial del país situada cerca de la frontera. En los escasos 15 kilómetros que separan la ciudad del puesto, atravesamos 3 controles militares. Los soldados visten camuflaje, y solo dejan a la vista sus ojos, ocultando el resto del rostro con un pañuelo negro que les protege del viento arenoso e implacable del desierto.

El paisaje es el mismo que en el Sáhara. Tierra y piedras. En poco tiempo comenzamos a ver las primeras construcciones, y el primer choque de realidad impacta. Esto no es el magreb, no es Marruecos, y desde luego no es Europa. Esto es el Sahel. Aquí todo funciona distinto.

La presencia de un europeo llama la atención de inmediato. En el momento en el que bajo de la furgoneta ya hay varios taxistas acercándose buscando cerrar el negocio de la semana, pero el contacto que me hará de guía estos días, Sowe, también me está esperando y se antepone a todos ellos. En el primer paseo por la ciudad un pensamiento va tomando forma: da igual lo que hayas leído, los vídeos que hayas visto o lo preparado que creas que estás. Ningún ciudadano del primer mundo está totalmente listo para su primera toma de contacto con la realidad. Lo único que puedes hacer es intentar recibir bien el golpe.

Es impensable e irreal la idea de visitar Nuadibú con otra pretensión que no sea la del turismo social. Más allá de la calle diplomática, como me gusta llamarla, donde están estacionados los coches de la ONU junto a dos hoteles y un supermercado occidentalizados, no hay ningún edificio que supere las 3 plantas. No existe el concepto de papelera o contenedor: es el propio suelo. La cantidad de basura es masiva, y los establecimientos se limitan a barrer la suya propia hacia el vecino de enfrente. Me sorprendió la poca presencia policial dentro de la ciudad. Solo pude ver al mismo agente durante varios días patrullando en una moto ridículamente pequeña para su tamaño, y a un par de soldados custodiando lugares públicos de alta afluencia como el puerto (centro de inmigración masivo hacia Canarias) con kalashnikovs polvorientas que probablemente cargaban décadas a sus espaldas.

El motel en el que me alojé costaba 500 ouguiyas la noche, que equivale a unos 10 euros. Precio elevado para el estándar local. La habitación contaba con lo básico: Cama, ducha y alfombra para rezar. Todo lo demás son lujos occidentales.

El islam es un componente clave en la sociedad mauritana. País suní por excelencia, con una concepción extremadamente conservadora, no era raro encontrar supermercados “en honor a los descendientes de los muyahidines” (talibanes) como el mostrado en la imagen de arriba, o carteles de “free palestine” en los que se representaba a guerrilleros de Hamás armados de forma muy visual, preparados para luchar contra el archienemigo de siempre. Dentro de esta sociedad, destaca la fuerte jerarquía por razón de religión, pero principalmente de color. Demográficamente Mauritania se divide en tres niveles: los musulmanes blancos (beidanes, descendientes de bereberes en su mayoría y con sangre árabe), los musulmanes negros (haratin) y los africanos subsaharianos (provenientes de Senegal y Mali en su mayoría). La jerarquía es despiadada. Mi guía pertenecía al último grupo, y las interacciones con los ciudadanos de “mayor rango” eran medievales. Sumisión absoluta, nada de mirar a los ojos, respeto reverencial. Convenientemente, no encontraréis ningún negocio mínimamente lucrativo que no esté regentado por beidanes, o en su defecto, por haratines. El dominio social es absoluto. Y la esclavitud informal persiste. Abolida en 1985, no se legisló contra ella hasta 2007. El último país del mundo en hacerlo.

Los inmigrantes subsaharianos se encuentran subordinados a los haratines y los beidanes, y frecuentemente acaban inmersos en situaciones de esclavitud informal. Hice esta foto en el puerto, donde esta realidad era fácilmente observable.
Los inmigrantes subsaharianos se encuentran subordinados a los haratines y los beidanes, y frecuentemente acaban inmersos en situaciones de esclavitud informal. Hice esta foto en el puerto, donde esta realidad era fácilmente observable.

Visitamos Cap Blanc, un cabo situado en la frontera con el Sáhara donde se alza un viejo faro de la época colonial. Es un punto de interés, el último reducto de focas monje en la zona. Cruzamos en un breve momento, de forma no intencionada, la frontera, que bordea la ciudad hacia el este. Dado que el desierto rodea todo, es muy difícil seguir una ruta clara y no hay señalización que advierta del cruce. Al darnos cuenta, el taxista corrigió el rumbo visiblemente alterado, y es que es una temeridad que trae peligro real. Por un lado, teóricamente el Frente Polisario sigue controlando esa zona, pero en los últimos años Marruecos ha aumentado la presencia militar y los enfrentamientos son factibles. Como es fácil imaginar, la presencia de extranjeros en ese punto no es bien recibida, y de habernos cruzado con una patrulla de cualquiera de los dos bandos, el resultado habría sido impredecible, pero definitivamente no ventajoso para nosotros.

El caso es que mientras caminábamos por la zona segura del cabo tras haber corregido nuestro rumbo, pude ver con tremenda sorpresa como un helicóptero de la Guardia Civil nos sobrevolaba unas 3 veces cada vez a menor altura, a no más de 150 metros sobre nosotros. Tanto el taxista como Sowe me comentaron después que era una visión de lo más normal, que se realizan patrullas regulares sobre las costas mauritanas y hasta senegalesas para evitar y controlar la salida de cayucos. Probablemente les extrañó ver movimiento en una zona tan remota y por eso decidieron sobrevolarnos un par de veces.

Tomé esta foto cuando, sin saberlo, sobrepasamos la frontera con el Sáhara Occidental. El terreno que se ve es considerado «zona roja» o de peligro máximo, al ser disputado entre el Frente Polisario y Marruecos. Ser interceptado por una patrulla aquí habría tenido consecuencias desconocidas.
Tomé esta foto cuando, sin saberlo, sobrepasamos la frontera con el Sáhara Occidental. El terreno que se ve es considerado «zona roja» o de peligro máximo, al ser disputado entre el Frente Polisario y Marruecos. Ser interceptado por una patrulla aquí habría tenido consecuencias desconocidas.

Tras 4 días en Nuadibú, es inevitable acabar con arena hasta en el alma, con la nariz negra por la contaminación y con la mente cargada de la cantidad de basura que engulle cada centímetro del terreno pisado. Partí en un coche compartido rumbo a la frontera con el objetivo de regresar a Dakhla. Iluso de mí, pensaba que sería tarea fácil cruzar de vuelta. El lado mauritano fue rápido. Llegamos sobre las 9:30 a la tierra de nadie del lado marroquí, estando abierta la frontera de 9 a 19. Pusimos pie de nuevo en el Sáhara a las 18:30. 9 horas de parálisis absoluta sin ninguna explicación ni sentido aparente. Rodeados de campo minado y tan solo pudiendo movernos en el espacio de la carretera precariamente asfaltada, sin agua ni comida y bajo el sol implacable del desierto, la paciencia de todos nosotros conoció nuevos límites. Porque, eso sí, por muy fuerte que sea el carácter que puedas o no tener, al policía marroquí no se le puede respirar fuerte.

Cruzamos, al final.  Y, una vez en el hotel, agotado tras la aventura fronteriza, y preparando todo para partir de madrugada hacia el humilde aeropuerto de la ciudad, hice una última reflexión sobre la gente del desierto, los dueños de Mauritania. Serios, toscos, curtidos. Pueden parecer amenazantes, pero en realidad no son mala gente. Nadie les ha regalado nada, ni en el aspecto geográfico ni en el político. El desierto da muy poco, y siempre acecha dispuesto a arrebatarte lo que consigues. Si están donde están, vivos, luchando por seguir adelante entre el polvo inclemente del Sáhara, es por exclusivo mérito propio.  Supe entonces que volvía a España con algo que contar. Que en esa escasa semana en Mauritania se habían cruzado muchas fronteras, tanto políticas como mentales. Espero que quien lea esto pueda también, aunque sea desde la distancia y a través de las letras, cruzar alguna.

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