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Afganistán contra Pakistán: La guerra ignorada

Mientras Occidente fija su mirada en Irán, Israel y el Brent, un conflicto de fronteras coloniales y armas nucleares amenaza con hacer implosionar el corazón de Asia

Entre los bombardeos de Irán, Estados Unidos e Israel; el descontrol en el precio de la gasolina; la misión de Artemis II rodeando la Luna; y el estreno de la tercera temporada de Euphoria; es normal que no nos dé la cabeza para más. Pero hay un conflicto que parece que no ha logrado entrar ni en el crucigrama de los periódicos occidentales: la guerra abierta entre Pakistán y Afganistán.

Hace solo un par de meses, el 21 de febrero de 2026, Pakistán bombardeó Kabul y Kandahar, rompiendo años de diplomacia tensa. Lo que antes eran escaramuzas fronterizas se ha convertido en una guerra abierta. Pero para entender bien este conflicto hay que viajar hasta 1947, cuando el nacimiento de un Pakistán independiente de la India heredó una herida colonial mal curada: la Línea Durand. Trazada de forma arbitraria por Gran Bretaña décadas atrás, esta frontera amputó territorios que Afganistán nunca ha dejado de reclamar. Esta línea, de arbitrariedad flagrante, marcó la frontera entre el nuevo Pakistán y su vecino occidental. Desde entonces, Afganistán ha intentado reclamar por todas las vías posibles los territorios de Pashtunistan y Baluchistán; regiones fronterizas comprendidas entre la Línea Durand y la región Punjab de Pakistán, al este del país. Para Kabul, recuperar el control sobre estas regiones no es solo una cuestión de identidad étnica, sino una ambición estratégica vital: sería su única llave de acceso al Mar Arábigo y al comercio global.


Fuente: Raikar, S.P. (2026). "Durand Line", Encyclopedia Britannica. 
Fuente: Raikar, S.P. (2026). "Durand Line", Encyclopedia Britannica

La estabilidad de Pakistán se está fracturando bajo el peso de dos movimientos insurgentes que desafían su integridad territorial. Al noroeste, el nacionalismo pastún rechaza la Línea Durand, esa frontera colonial que divide artificialmente a su etnia entre Pakistán y Afganistán. Hoy, bajo el impulso de los talibanes pakistaníes (TTP), este movimiento busca establecer un califato propio, desdibujando la soberanía de Islamabad. Al mismo tiempo, en el suroeste, el Ejército de Liberación Baluche ha intensificado su guerra de guerrillas, denunciando que el Estado pakistaní y China explotan las riquezas naturales de Baluchistán sin dejar beneficios locales. Estos ataques coordinados no sólo sabotean el corredor comercial chino, sino que fuerzan al ejército a combatir en múltiples frentes internos.

Esta doble presión coloca a Pakistán en un escenario de fragmentación sin precedentes. Mientras los pastunes cuentan con el refugio y la simpatía de una Kabul cada vez más hostil, los baluches apuestan por un separatismo secular que busca atraer la atención —y el apoyo sutil— de potencias rivales como India. El resultado es un Estado que pierde el control efectivo sobre casi el 40% de su territorio. Lo que está en juego no es solo una disputa fronteriza, sino la supervivencia de Pakistán como país: una implosión que dejaría un vacío de poder letal en una región armada con armas nucleares y cruzada por los intereses económicos de las potencias mundiales.


Fuente: CIA (1980), vía The University of Texas at Austin
Fuente: CIA (1980), vía The University of Texas at Austin

Tras la salida de las tropas estadounidenses del país talibán, parece que en occidente hemos decidido dar el tema por zanjado. Pero esta guerra no es una simple disputa entre vecinos.

China es, quizás, el actor más frustrado con todo el asunto. Tenía un plan maestro: extender el CPEC (Corredor Económico China-Pakistán) hacia Afganistán para conectar sus fábricas con los recursos mineros afganos, principalmente el litio y el cobre. Pero Beijing tiene un dilema: necesita a Pakistán como su aliado estratégico, pero que los talibanes mantengan la seguridad para sus inversiones. China ha estado auspiciando diálogos de paz en Urumqi, movido por la inquietud de que el caos fronterizo salpique a su propia región de Xinjiang, o que los grupos terroristas ataquen a los ingenieros chinos que trabajan en suelo pakistaní. Además, la administración estadounidense actual ha mostrado poco interés en mediar, bajo la lógica de que "Pakistán debe resolver sus propios problemas". Esto deja un vacío de poder que China está intentando llenar.

Por otra parte está India, el gran giro argumental. Históricamente, India era el mayor aliado del gobierno democrático de Kabul y el peor enemigo de los Talibanes, a quienes veía como títeres de Pakistán. Sin embargo, puestos a echar cuentas de odios y disputas, India ha concluido que prefiere apoyar antes a los Talibanes que dejar Cachemira a Pakistán. Nueva Delhi ha empezado a enviar ayuda humanitaria y a tener contactos diplomáticos con Kabul. La estrategia es la siguiente: si Pakistán tiene que mover sus tropas a la frontera con Afganistán, descuida la frontera con India y deja vía libre a Cachemira. Para India, ver a Pakistán desgastándose en una "guerra abierta" con sus antiguos aliados es una victoria estratégica silenciosa.


Fuente: BBC, con datos de Reuters, IISS y UNFPA (2026).
Fuente: BBC, con datos de Reuters, IISS y UNFPA (2026).

La infografía muestra una asimetría total: mientras Kabul pelea con restos de la era soviética, Islamabad sostiene un arsenal de 170 ojivas nucleares. Es la lucha de David contra un Goliat atómico.

Ignorar este frente es un lujo que Europa podría pagar muy caro. Una guerra total generaría una nueva ola migratoria hacia Europa que los sistemas actuales tal vez no están listos para gestionar. A esto se le suma un riesgo de seguridad crítico: La Linea Durand es un gran refugio para grupos yihadistas. Si el conflicto escala, estos grupos tendrían vía libre para organizarse y planear ataques más allá de la región.

La gravedad de este pulso trasciende las fronteras regionales y redefine el equilibrio global. Por un lado, un Pakistán acorralado por la pinza estratégica entre India y Afganistán podría radicalizar su doctrina nuclear, convirtiendo su inestabilidad interna en el riesgo radiactivo más severo del planeta. Al mismo tiempo, este escenario evidencia el declive de la hegemonía occidental: el conflicto escala mientras Washington y Bruselas observan desde la periferia, confirmando que el centro de gravedad del poder se ha desplazado hacia Asia. Finalmente, el factor económico es decisivo; una alianza entre Kabul y Nueva Delhi abriría la puerta a nuevas rutas de energía que conecten Asia Central con el Índico, puenteando la influencia de Islamabad y redibujando el mapa de los recursos globales.


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