Paolo Sorrentino: La Gracia de la Solemnidad
- Joaquín Pérez García

- hace 4 días
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Un repaso por los temas y detalles del preciosista cine de Paolo Sorrentino, más concretamente en su última película: La Grazia
Paolo Sorrentino es uno de esos directores que, con ver un plano, o un solo fotograma de su obra, se puede reconocer al instante que se trata de su inconfundible firma. Si hay algo que brilla dentro de su cine, es una sensible representación de la solemnidad y la verdad que trae con la profundidad de sus personajes, muchas veces, con significativos tintes de nostalgia y contemplación.

Actualmente está en cines su última película, La Grazia, que sigue a un Presidente ficticio de la República Italiana que se debate en torno a varios debates morales (firmar o no la ley de la eutanasia y dos indultos), mientras que varios conflictos de su pasado le persiguen y le impiden tomar decisiones. Este protagonista está interpretado por la musa de Sorrentino, el gran Toni Servillo, con el que ha trabajado en sus películas La Gran Belleza, Un Hombre de más, Las consecuencias del amor, Fue la mano de Dios, Silvio y los otros, y El Divo. A su vez, está rodeado de varios personajes magníficamente construidos, que aportan mucha brillantez y dinamismo al relato, como puede ser la hija, la crítica de arte (mostrando personajes femeninos con más voz y personalidad que en otras de sus películas), el Papa o el coronel.
Esta es una historia que atraviesa muchos temas, desde lo moral y universal de cuestiones como la eutanasia, la muerte, el perdón o las relaciones de poder, hasta otros más introspectivos como la pérdida, el dolor, la nostalgia o el miedo. Sin embargo, aquello que se cruza en todos estos dilemas que son planteados en la película es la duda, una duda que impide decidir, que convierte el miedo en estancamiento, y el desconocimiento en inacción. Es algo innegablemente presente en toda toma de decisiones que realizamos en nuestro día a día, pero, en ocasiones, impide que profundicemos en la realidad para poder acercarnos un poco más a la verdad, con la que parece estar obsesionado el protagonista de este relato.
La Grazia tiene imágenes que nos recuerdan a la belleza de otras de las obras del director italiano como El Joven Papa o La Gran Belleza, pero cuenta con un preciosismo que parece detenerse más en el interior de los personajes que en la contemplación del entorno, al contrario que en las producciones ya mencionadas. Esto va alineado con el estado emocional del protagonista, que parece pasar más tiempo dentro de su cabeza, retrocediendo al pasado, que viviendo el presente y avanzando hacia un futuro mejor. Quizá es a esto a lo que se refiere el director en la escena en la que se canta una canción sobre la barrera alpina, la cual impediría al personaje de Toni Servillo ver más allá, que le retiene e impide soltar la omnipresente idea de su esposa fallecida. Con la evolución de su trama, parece familiarizarse con música más moderna y hedonista, un rap que inicialmente rechaza pero poco a poco va abrazando conforme abre su mente a nuevas costumbres.
Una de las particularidades del cine de Sorrentino es que se trata de un cine muy burgués (con excepción de Fue la mano de Dios), que ronda historias sobre personajes bien posicionados, poderosos y con ciertas preocupaciones muy elitistas, pero que se extiende muy elegante y sensiblemente a lo universal de la condición humana, que profundiza en la libertad, la valentía, la verdad, y el dolor, con un diálogo muy poético que parece reunir todos los pensamientos de sus interlocutores. Es capaz de crear ambiente de clímax continuamente, con la música, los lentos movimientos de cámara y acentuando los puntos de inflexión de los personajes, en lo que sentimos que algo grande se nos está revelando y no nos estamos dando cuenta.

La Grazia también cuenta con esas subtramas que tanto le gustan al director, como las historias de un astronauta, los dos asesinos que se les contempla para el indulto, los encuentros con el ministro de Portugal o la embajadora de Lituania… que complementan la línea principal, nos hacen sentir que la escalada de su relevancia va de lo particular a lo general, y sirven de representaciones físicas de los conflictos internos del protagonista, al que le gustaría flotar como el astronauta o recibir una gracia o un perdón como uno de los presos.
Sorrentino nos invita a reflexionar sobre si estamos “rotos por dentro”, o si debemos ser más valientes y lanzarnos a abrazar la pasión y el amor por los y lo demás. Todos querríamos recibir una grazia de vez en cuando, que se reconozca que nos arrepentimos de nuestros errores y que somos tan humanos como aquellos que nos juzgan.
Solo me queda recomendar encarecidamente a todo el o la que lea este artículo a ir a ver esta película y profundizar en las entrañas de la obra de este director, que no deja indiferente a nadie. Si él es capaz de retratar la solemnidad de esta forma, de viajar de la comedia al drama, del orgullo a la humildad, del placer al dolor, y de la soberbia a la duda, nosotros también somos capaces de ir al cine a disfrutar de sus películas y agradecer que convivimos con su arte, lo cual no es otra cosa que una bendición… o una Grazia.





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