Ahora Vox quiere ser el Papa
- Uxía Blanco

- hace 7 horas
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Vox reaccionó con rapidez ante la estampilla satírica de Lalachus en las Campanadas, sin embargo, esa contundencia se diluye cuando la provocación viene de Trump
El partido de Santiago Abascal no tardó ni un segundo en sacar pecho ante lo que consideró una ofensa religiosa por parte de Lalachus durante las Campanadas de 2024. La estampilla que mostró la humorista con una foto de una vaquilla caracterizada como Jesús sirvió como pretexto para que Vox considerase que sus sentimientos religiosos habían sido ofendidos.

Sin embargo, cuando la misma provocación viene de su amigo Trump, ese fervor desaparece por completo. Acaso ¿es la defensa de estos valores un principio firme, o simplemente una táctica que se activa según les conviene? Si la indignación depende de quién cometa la supuesta ofensa, entonces deja de ser una cuestión de principios para convertirse en una estrategia política. Y cuando eso ocurre, el discurso pierde credibilidad.
No ha sido una, sino dos las ocasiones en las que Trump ha publicado en sus redes sociales imágenes hechas con IA que han hecho saltar las alarmas de sus votantes católicos. En la primera, tras la muerte del Papa Franciso, el presidente estadounidense aparece caracterizado como el Papa, llegando a bromear con que podría ser un buen líder pontificio. En la segunda, hace unos días, aparece como si fuese Jesucristo curando con sus milagros mientras sigue criticando al Papa León XIV.

La política no solo se define por lo que se dice, sino también por lo que se decide callar. Pepa Millán, portavoz en el congreso no quiere posicionarse, quiere seguir la misma línea que el Papa, ni debatir ni responder a Trump. Pero en este caso, el silencio no es neutral: es una forma clara de posicionamiento. Callar ante una burla cuando proviene de un aliado -el trumpismo- equivale, en la práctica, a justificarla.
No es una simple incoherencia puntual, sino un patrón de comportamiento: la instrumentalización de la religión como arma política. Se invoca cuando sirve para confrontar, y se ignora cuando incomoda. Este doble rasero no solo debilita el argumento moral que Vox pretende sostener, sino que revela una lógica profundamente oportunista: los valores no se defienden, se utilizan.
Y cuando los principios se convierten en herramientas selectivas, dejan de ser principios. Pasan a ser, simplemente, propaganda.





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