¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
- María Martínez

- 7 abr
- 5 Min. de lectura
Jorge Manrique, en su obra Coplas a la muerte de su padre, así lo creía. Y no es el único. De hecho, es un tema bastante recurrente en la literatura y la música. Y me vais a perdonar que, como burgalesa que soy, ponga de ejemplo a la M.O.D.A, que recientemente ha dicho: “los tiempos que vivimos eran los mejores y no lo sabíamos”

El cerebro humano, por lo general, tiende a aferrarse a los recuerdos positivos y a olvidar los negativos. Esto en psicología se conoce como “sesgo de positividad retrospectiva”. Aquí es donde entra en juego el término “nostalgia”, “nóstos” de regreso y “algía” de dolor. Los expertos también contemplan el fenómeno “memoria rosada”, que consiste en una idealización del pasado causado por una memoria selectiva. Es decir, que recordamos los eventos pasados con más optimismo del que en realidad teníamos cuando ocurrieron. El psicólogo Clay Rutledge habla de ello como si se tratase de un filtro de Instagram.
La nostalgia no es más que un mecanismo de protección por el que idealizamos el pasado para protegernos de la incertidumbre del presente y del futuro. Y parece que a raíz de la pandemia de COVID-19 se ha hecho más patente en la sociedad.
Es cierto que la situación política es de todo menos tranquilizante y ayuda a cultivar este sentimiento. Pero los expertos nos recuerdan que la percepción de que nunca hemos estado peor es algo bastante habitual. Por ejemplo, los conflictos bélicos entre naciones han estado a la orden del día en todos los momentos de la historia. El conflicto entre Israel y Palestina realmente empezó hace 70 años. Más allá de las evidentes dos Guerras Mundiales, no podemos olvidar la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría en Alemania, el conflicto árabe-israelí, la Guerra del Golfo, el conflicto entre Irán e Irak, o el Genocidio de Ruanda, entre otros. Cada generación ha tenido sus propias batallas que librar, nunca mejor dicho.
Pero mientras que el presente se percibe como algo líquido y volátil, el pasado es algo sólido, algo tangible. Al ser humano le cuesta adaptarse al cambio porque cualquier evolución se percibe como una amenaza a lo que un día fuimos. Para todas las generaciones, la referencia ideal es lo que conocen. Es en base a eso a lo que han construido una identidad. Es lo que son. Es como siempre se han hecho las cosas.
Puede parecer que hablo de la opinión de la generación de nuestros abuelos con la nuestra, de la que ya no separan nada menos que tres generaciones. Pero no. No hace falta que pasen años para que estos efectos se materialicen. Los tiempos cambian muy rápido y, por lo tanto, las referencias también.
La muestra más patente y clara de este fenómeno ahora mismo la encarnan los Millennials. Esa generación que vivió el puente entre la era analógica y la era digital. Los del cambio de milenio. Los abanderados de los 90.

Ellos son el motor de estas tendencias de “volver”: el 2016, Hannah Montana, Camp Rock, Torrente, “Patito feo”, Hilary Duff, Los Magos de Waverly Place, Mean Girls, El diablo viste de Prada, los vinilos y los cassettes, las grandes girl y boy bands de los 90…
En realidad, esto no es más que la imagen de una generación que está siendo consciente de que se está haciendo mayor y quiere aferrarse a su adolescencia. De que ya hay otros más jóvenes, que hacen las cosas distintas a ellos. Sin darse cuenta, están dejando de ser esos jóvenes de los que los mayores hablaban con ese odioso “es que los jóvenes de ahora…”, para empezar a referirse así a la generación Z y a la Alfa.
Que vivíamos mejor sin IA. Que la música de ahora no es música. Que ya no se hacen rom-coms como las de los 2000. Que qué habrían hecho ellos si hubieran crecido con TikTok. Pues hubieran hecho lo que hicieron, hacemos y harán todos: adaptarse. Porque los Millennials también tenían Tuenti pero claro, en ese momento internet era “un lugar seguro, una comunidad”. Como si no le debiéramos a las redes sociales el poder mantener relaciones a distancia, tanto sentimentales como de amistad con gente de todo el mundo a la que si no, no hubiéramos vuelto a ver. Como si tener información de lo ocurrido en cualquier parte del mundo inmediatamente fuese algo negativo, y no una oportunidad.
Para vivir no hace falta estar comparando ni volviendo atrás todo el tiempo. Es cierto que quizá era más fácil acceder a una vivienda hace unos años. Pero no lo era tanto poder irte de vacaciones a Estados Unidos, Londres o Laponia (sí, tengo una amiga ahí ahora mismo). No lo era decirles a tus padres que te ibas a otro país al concierto de tu artista favorito porque o no venía a España o no habías conseguido entradas. No lo era estudiar fuera, o ser mujer y decir que a los 30 no estabas casada o no querías ser madre. Era mucho más probable matarse en un accidente de tráfico.

En la generación de nuestros padres el matrimonio homosexual no se había legalizado. Esto llegó en 2005. Hasta 2010 el aborto solo estaba permitido en caso de violación, malformaciones del feto o riesgo grave de salud física o mental de la mujer embarazada. Y no es que hubiera menos problemas de salud mental, es que no se hablaba de ellos. Y, si era demasiado claro como para no poder pasarlo por alto, te llamaban “loco” y ya está. Que el amor de antes sí que era amor cuando muchísima gente se casaba por obligación y, aunque no fuera el caso, más de la mitad de los “para siempre" de entonces, hoy ya se han acabado.
Decimos que el apagón fue una suerte y ojalá hubiera durado más tiempo, pero qué harías tú sin microondas, frigorífico o, mismamente, luz. Que ahora “no se puede decir nada”, como si en 1970 hubieras podido decir mucho.
El problema no es el paso del tiempo en sí. El problema es el paso de nuestra infancia. Cuando todo era fácil y bonito. Recordar el pasado con cariño y cierto anhelo está bien, es válido y, sobre todo, demuestra que tuvimos una infancia entrañable. Pero, como dice la periodista de El País, Nieves Concostrina, no sabemos si los tiempos pasados son mejores o peores. Lo que sí sabemos es que son anteriores. Aferrarse a ellos, negarse al avance, es un error. Cada generación tiene sus pros y sus contras. Y eso es lo que nos hace diversos y lo que genera un nexo de unión entre todos los que hemos compartido una época. Pero vivir una vida que en el mejor de los casos va a durar unos cien años anclándonos solo en los primeros 20, es un error.
Así que voy a cerrar este artículo con una frase de Virginia Wolf: “un yo que sigue cambiando es un yo que continúa viviendo”.




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