El poder de la ficción para mostrar realidades ocultas
- Daniel Serrano Clavel

- hace 6 horas
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Si pensamos en un tipo de cine cuya función sea retratar la realidad, solemos pensar en el cine documental; pero no tiene por qué ser así
El cine documental está vinculado con la capacidad de mostrar el mundo sin filtros. El cineasta, la cámara y la realidad; ni más ni menos. En todo caso, ese concepto preestablecido es fácilmente rebatible: el simple hecho de que una persona decida poner la cámara en un lugar y no en otro, ya conlleva un sesgo ideológico, con su criterio propio, inevitablemente.
Por el contrario, el cine de ficción suele ser vinculado a la fantasía, a su capacidad para evadirnos de la cruda realidad, pues para ver lo que está pasando en el mundo ya tenemos el telediario, o un documental. De todos modos, desde los inicios ha existido un vínculo orgánico entre ficción y realidad. Ya en los años 50, nacen dos movimientos cinematográficos revolucionarios: la Nouvelle Vague y el neorrealismo italiano.
En Italia, tras la Segunda Guerra Mundial, surge esta corriente de cine social, que busca reflejar la pobreza y desesperanza de posguerra.
En Francia, por otro lado, reconocidos críticos de cine de Cahiers du Cinema, como Truffaut o Godard, buscan revolucionar el cine y romper con las convenciones clásicas establecidas en Hollywood. A pesar de que sus objetivos fueran diferentes, ambos movimientos tenían como norma alterar lo mínimo posible la realidad, trabajar con actores no profesionales o en escenarios naturales.

España tampoco se queda atrás respecto a lo que a cine social se refiere. En los años 70 nace el género social por antonomasia en la historia de nuestro séptimo arte: el cine quinqui. Con ese mismo fin de retratar la miseria de los estratos más bajos de la sociedad, repletos de drogas y delincuencia juvenil, directores como Eloy de la Iglesia o Carlos Saura elaboran una especie de “neorrealismo español”. De nuevo, actores ya no solo amateurs sino verdaderos delincuentes protagonizan estas ficciones barriobajeras con un potente tinte documental.
A lo largo de los años, este afán por dar voz a pueblos excluidos y olvidados en España se ha mantenido. Manolito Gafotas (1999) o la reciente película nominada a Los Goya, Ciudad sin sueño (2025), que muestra la escasez de recursos y el desamparo en la Cañada Real, son ejemplos del mantenimiento de esta corriente de cine del proletariado. Gracias al cine, historias que parecían no importar, empiezan a hacerlo.
Es inviable tratar el cine social de nuestro país sin detenerse en la época franquista. Tras más de 40 años de represión, nace la necesidad de utilizar la ficción para mantener la memoria histórica, y para educar a las nuevas generaciones respecto a todo lo que ocurrió en aquel régimen dictatorial. Así, se elaboran historias basadas en hechos reales que, de no haber sido producidas, quizás hubieran permanecido desconocidas para los más jóvenes, como es el caso de Frontera (2025), recientemente estrenada en cines, obra que explica cómo Franco bloqueó el paso de judíos que huían de la represión nazi por los Pirineos.
Este tipo de cine basado en la realidad es muy amplio, pues entran en él desde los biopics o dramas sociales hasta la ciencia ficción, que también puede tener la enorme capacidad de explicar problemas de nuestra realidad desde una realidad paralela.
El sesgo ideológico, nos guste o no, siempre existe, por lo que no conviene juzgar a un libro por su portada. Al fin y al cabo, existen documentales que manipulan la realidad más que muchas ficciones.

La ficción tiene la gran facultad de crear al antojo del cineasta una narrativa que permita poner el foco dramático en aquello que más interesa. Al existir una mayor libertad hay, por lo tanto, mayor riesgo de errar en su cometido.
El gran reto del cineasta radica en encontrar el equilibrio entre acercarse lo máximo posible a los sucesos reales sin faltar al respeto y no pasar por alto que también hay que tratar de optimizar los recursos y construir un producto atractivo para el público medio con el fin de poder sacar rentabilidad económica. Al fin y al cabo, si no hay dinero… no se podrán hacer más películas.
Obras tan reconocidas como La Lista de Schindler (1993) o El Pianista (2002), ambas con un gran presupuesto y con gigantes directores y estrellas de cine, utilizan de manera magistral su influencia para crear una historia que consiga, a la vez, concienciar sobre la barbarie del holocausto y movilizar a la gente a acudir a las salas para ver un drama de calidad fílmica y humana.
Está claro que, al tratarse de temas tan delicados, existe el gran riesgo de no hacer justicia a la magnitud del conflicto y faltar al respeto a las víctimas. Es habitual en ciertos melodramas caer en el simplismo narrativo con el fin de facilitar la conexión del espectador con la obra. El melodrama, por sí mismo, es un recurso útil y no necesariamente negativo, pero si no se aprecia una intención honesta al tratar ciertos temas, se puede considerar una barata manipulación emocional del espectador, al usar como recurso útil un drama histórico del calibre de un genocidio.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se produjo una ingente cantidad de películas del holocausto, algunas de ellas sin tener nada nuevo que contar, ni en forma ni en contenido, como es el ejemplo de Alas blancas (2023).
En el caso de esta masacre, cierto es que cada vez parece más difícil tener algo que contar sin faltar a las víctimas ni repetirse, pero -por desgracia- existen y han existido otras tragedias a lo largo de la humanidad que merecen del mismo modo ser visibilizadas, como el genocidio de Ruanda en 1994, fielmente relatado por Terry George en 2002 en Hotel Rwanda. Esta obra es un ejemplo de que el melodrama puede ser un más que aceptable recurso siempre que haya conciencia y cautela detrás.
En verdad, si no hubiese visto la película, me habría sido mucho más difícil conocer este exterminio indiscriminado. A pesar de ello, no tiene por qué tratarse de una barbarie de tal envergadura para que una película sirva para mostrar una situación en la que nunca nos habíamos detenido, como en The Hunt (2012).
En la actualidad, la violencia de género es una de las cuestiones que -con razón- más revuelo genera. La necesidad de reclamar los derechos de las mujeres, históricamente silenciadas tanto en el cine como en la vida misma, ha provocado que muchas cineastas alcen la voz para contar todo lo que no han podido durante más de un siglo de industria pensada por y para hombres.
Icíar Bollaín, en 2003, presenta Te doy mis ojos, una desgarradora historia sobre violencia de género. Más allá de ganar 7 Goyas, el valor de la obra reside en su capacidad para revolver a todo un país, que empezó a plantearse más seriamente la importancia de dicho tema a partir de la película. Ayudó a romper el silencio de muchas víctimas y a identificar con mayor facilidad a los maltratadores. Solo un año después de su estreno, en España se aprobó La Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

La furia (2025), Soy Nevenka (2024) o Salve María (2024) son también ejemplos de obras recientes españolas que ponen el foco en temas tabú, como el sufrimiento femenino o la depresión posparto. Este último también ha sido representado en Hollywood con Die my Love (2025), obra protagonizada por Jennifer Lawrence.
En definitiva, a pesar de que el cine documental siempre será el modo de expresión fílmica más cercano a la realidad, conviene no infravalorar el poder de la ficción para representar el mundo que nos rodea. En todo caso, por supuesto, es la responsabilidad de cada espectador considerar cómo debe gestionar la información que le llega.




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