Historias del Kronen: cabeza hecha un lío, música y snuff movies
- Daniela Rodrigo Traissac
- 2 abr
- 3 Min. de lectura
Adentrándonos de lleno en la desorientada juventud de la generación X en Madrid de la mano del director español Montxo Armendáriz, quien logró inmortalizar la esencia de los años 90
De entre la interminable lista de películas que tengo para ver, un viernes por la tarde se asomó por una esquina Historias del Kronen. No sabía mucho sobre ella (lo cuál es un puntazo para adentrarse en la película), tan solo que la protagonizaba un jóven Juan Diego Botto con melenas y que está basada en una novela mencionada brevemente en el temario de literatura en segundo de bachillerato.
Historias del Kronen sigue a Carlos (interpretado por Juan Diego Botto), un chaval de 21 años atormentado y sufriente que a pesar de tener recursos al alcance de su mano, hace de todo menos sentar la cabeza. Presentada en un verano caluroso en Madrid, la ciudad y la vibra de los 90 quedan inmortalizadas. Pero para calurosos, ¡los veranos que tenemos ahora! Los 30º que hacían que Carlos apenas se levantara de la cama, son ahora para nosotros una brisa fresquita.
En la película, los personajes eran como vampiros, tal y como señala la sirvienta de la familia de Carlos (véase de nuevo el estrato social del protagonista), ya que volvían a casa hacia el mediodía después de salir de marcha. El Kronen, era el bar dónde se encontraban los jóvenes, y tras reunirse, empezaba la aventura nocturna. Cambiaban constantemente de zona gracias al coche de Roberto llegando a pasar por partes de Madrid que han quedado vinculadas a la película para siempre. El puente de Eduardo Dato sobre el Paseo de la Castellana es el claro ejemplo de ello ya que en esta ubicación sucede la escena más icónica de la película dónde dos de los personajes se cuelgan del puente motivados por un reto, creando un ambiente de tensión que trasciende la pantalla. Me pregunto qué hubiera sido de la historia si Roberto no hubiera tenido el coche azul que les permitía ir de un lado para otro y que en realidad, resulta ser el verdadero protagonista de esta historia.

Después de la juerga, las drogas, los conciertos y sobre todo el descontrol, veíamos como Carlos iba desorientado pidiendo a gritos chocar contra algo que le hiciera espabilar. En casa intentaban centrarle, pero las escenas de comidas familiares donde la televisión estaba más presente que ellos mismos, mostraba que la comunicación no abundaba. Es por ello que haciendo caso omiso a las indicaciones de sus padres y apoyado sobre el nihilismo y el lema de “mañana no existe”, Carlos iba sobreviviendo día a día. Él estaba por encima del resto: se metía en relaciones ajenas, obligaba a sus amigos a someterse a lo que él creía oportuno, traspasaba los límites del respeto con su familia, como la escena en el ascensor con su hermana bajo la influencia de las drogas y el alcohol, etc., lo que hacía cada vez más complicado empatizar con él.

Opuesto a él vemos a su amigo Miguel (interpretado por Iñaki Mendez) que aún saliendo con el grupo, es responsable y no se excede como ellos porque tiene claro que para poder disfrutar de la música, la fiesta o de la libertad económica para permitirse un piso para él y su novia, tiene que trabajar y conseguirlo él mismo, no como Carlos a quien le viene todo dado.
Dejando a un lado estas cuestiones tan interesantes que trata la película, algo que salta a la vista es el tema de las “snuff movies”, término que muchos conocimos por primera vez en Tésis (Alejandro Amenabar, 1996).

Un año antes, en Historias del Kronen, ya se hablaba de ello y qué casualidad que en ambas aparezca Eduardo Noriega. El género de terror y la ola de películas que abordaban el tema estaban muy presentes entre los jóvenes en los años 90, y su interés ha quedado plasmado en obras tan reseñables del cine español como éstas.
Es por ello que aunque Montxo Armendáriz dedica gran parte de la película a retratar el bucle sin miras en el que se ve sumido Carlos, que en momentos puede percibirse como repetitivo, nos sirve de motor para reflexionar sobre la pulsión de vida y lo que sucede cuando no se logra canalizar toda esta energía tan intensa que busca construir y crear. Esta situación marcó una generación un tanto perdida que iba de un lado para otro intentando encontrar su rumbo y es por ello que animo a que apostemos por la creación frente a la destrucción y a que poco a poco vayamos construyendo nuestro camino entre la incertidumbre y las dificultades que nos rodean.




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