Cansancio global: el precio de estar siempre informados
- Víctor Rivas Roldán

- 13 abr
- 3 Min. de lectura
Vivimos en una época que se autodefine como excepcional; cada semana trae consigo una nueva crisis que, presentada como histórica, compite por nuestra atención con la anterior. Conflictos armados, emergencias climáticas, amenazas económicas, colapsos institucionales y advertencias apocalípticas se suceden con una regularidad rutinaria. Sin embargo, la acumulación de urgencias no ha generado una movilización sostenida, sino algo más sutil y quizá más inquietante: una progresiva anestesia colectiva.
La política internacional ha adoptado una lógica de emergencia permanente en la que la excepcionalidad ya no interrumpe la normalidad, sino que la sustituye. Cuando una crisis aún no ha desplegado todas sus consecuencias, otra ocupa ya el espacio informativo, desplazando prioridades y reconfigurando narrativas, y en consecuencia, el espacio público se convierte en una sucesión de sobresaltos que no alcanzan a sedimentar en ningún compromiso duradero. A este ritmo vertiginoso de malas noticias, lo urgente se vuelve rutinario y lo extraordinario en apenas un sobresalto que se desvanece antes de ser asimilado.
A ello se suma un ruido de fondo permanente que, en ocasiones, roza lo caricaturesco: debates sobre fenómenos extraterrestres en comparecencias oficiales, filtraciones espectaculares, polémicas digitales diseñadas para captar clics y titulares que compiten por escandalizar. Seguramente no se trate de una conspiración coordinada —aunque la sospecha siempre resulte tentadora—, sino de un ecosistema mediático atravesado por intereses políticos, económicos y reputacionales diversos; pero que, en cualquier caso, termina alienando al individuo. Y es que el ciudadano promedio se enfrenta a tal cantidad de versiones, interpretaciones y datos fragmentarios que construir una cosmovisión política coherente, mínimamente ajustada a esa Verdad abstracta que intuimos pero nunca alcanzamos plenamente, se convierte en una tarea casi inabordable.

En este escenario, la ciudadanía que recibe ese flujo constante de crisis no es una entidad abstracta, sino individuos insertos en un sistema productivo acelerado, atravesado por la precariedad, la competencia y la autoexigencia permanente. A la par que la información se consume como cualquier otro bien en el mercado, de forma instantánea, efímera y sustituible, el tiempo se fragmenta entre obligaciones laborales, estímulos digitales y una cultura del rendimiento que no admite pausas prolongadas. En tales condiciones, exigir análisis reposado, contraste riguroso y apertura intelectual sostenida roza lo irónico: la economía del tiempo empuja hacia atajos cognitivos, hacia interpretaciones rápidas que encajen con marcos previos y permitan seguir adelante sin detener la maquinaria cotidiana. Y, sin embargo, no faltan diagnósticos alarmados sobre la polarización creciente, como si resultara desconcertante que individuos exhaustos, sometidos a una sobrecarga informativa y presión constante, recurran a sesgos y heurísticas para procesar una realidad que no tienen margen material para desentrañar en toda su complejidad.
Asimismo, esta alienación no consiste únicamente en la distancia respecto de los centros de decisión, sino en la fractura interior que produce creerse informado y, al mismo tiempo, incapaz de incidir de manera significativa. Consumimos análisis, cifras y testimonios que evidencian injusticias palpables; no obstante, la acumulación de tragedias termina erosionando nuestra capacidad de respuesta. La conciencia moral permanece, pero se ve amortiguada por la repetición y por la sensación de que cualquier esfuerzo individual se diluye en una estructura demasiado vasta para ser alterada. Al final, no es que no queramos hacer nada; es que no sabemos ni por dónde empezar.

Y las consecuencias morales son devastadoras. La saturación informativa desemboca en inacción mientras las víctimas de conflictos, persecuciones o catástrofes quedan relegadas a un segundo plano, un fenómeno que no siempre es fruto de la indiferencia deliberada, sino de este agotamiento estructural. Al dar la espalda —aunque sea de manera involuntaria— faltamos a una idea básica de justicia que presupone atención y memoria. Ciertamente, el sistema nos ahoga, fragmenta nuestra atención y limita nuestra capacidad de intervención; sin embargo, eso no nos exime de responsabilidad, y cada ciudadano posee una cuota inevitable de deber moral al asumir, aunque sea parcialmente, la obligación de mirar, de reflexionar y de no normalizar el sufrimiento ajeno. La justicia no se sostiene únicamente en instituciones ni en protocolos, sino también en la disposición ética de quienes forman parte de la sociedad global, y nuestra indiferencia parcial, limitada y comprensible sigue siendo, pese a todo, nuestra responsabilidad como individuos y, en última instancia, como habitantes del mundo.




Comentarios